lunes, 22 de febrero de 2010

Becada o chocha perdiz (Scolopax rusticola)


La gallina ciega






Contaba con pocos años de edad, y aquel día, me inquietó comenzada la penumbra, escuchar en aquella ocasión a mis tíos decir: -¡Venga, vamos a darnos prisa que nos va a coger “la gallina ciega”! Se referían sin duda, a las prisas de última hora antes de anochecer, cuando el tiempo se acababa y había que volver a casa una vez terminada la tarea prevista en el campo o la huerta. Los misterios y la noche, eran una mezcla tenebrosa para un crío cuya cabeza no dejaba de cavilar intensamente. Es por eso, por lo que nunca pregunté: -qué demonios era la gallina ciega. No entendía esta expresión como la necesidad de concluir una tarea aprisa para no llegar tarde a casa, sino, como la necesidad de escapar de allí antes de que nos atacara la maldita gallina ciega. Pensaba. Que por cierto, no sé si sería ciega, pero…, temblaba imaginando que pudiera aparecer a oscuras con un aspecto endemoniado y unos ojos blancos

luminiscentes o algo parecido.


Naturalmente, el miedo es libre. Y, para una mente infantil, todavía más.

Ahora sé, que la gallina ciega; la sorda, como la llaman en Cantabria, es un ave pequeña, inofensiva, fantástica, de abigarrado plumaje y una mirada muy expresiva. Su vuelo, parsimonioso, se asemeja al de las rapaces nocturnas. A veces, se la confunde con una de ellas. Es activa desde el atardecer, alimentándose protegida por la oscuridad de la noche hasta el amanecer. Durante el día, descansa agazapada en su encame. Vive, envuelta en la soledad acogedora de los bosques más húmedos y frondosos que aún quedan en nuestra geografía ibérica. Sobre todo, los del norte.

Por supuesto; ni es ciega, ni sorda; es, todo lo contrario. Ambas creencias, se fundaban en la característica forma zigzagueante de su vuelo quebrado al despegar súbitamente, dando la impresión de volar “a ciegas”. La sorda: era debido a la capacidad de aguantar inmóvil gracias a su logrado mimetismo entre la hojarasca, levantando el vuelo como último recurso. Las liebres, tampoco son sordas.


Quedan tan pocas becadas, como bosques naturales en nuestro país. País de progreso y desarrollo, donde las escopetas que persiguen a nuestras becadas son como los Kalashnikov: arrasadores, y exterminadores allí donde aparecen. La codicia de una gastronomía grosera y esnobista, amparada por restauradores renombrados, está llevando a nuestra “dama del bosque”, “pájaro de las tempestades” o, “dama de los ojos de terciopelo” como la denominan con aprecio quienes las estudian y respetan; a la irremisible extinción.

¿No serán capaces estos amantes de la naturaleza (como ellos mismos se autodenominan), de comprometerse seriamente a realizar una moratoria de caza para asegurar la recuperación de esta especie?


Más sobre la becada.



Detalle de las rémiges primarias y secundarias.


Parte terminal de una secundaria. Arriba: estandarte externo. Abajo: estandarte interno.


Detalle en las rémiges terciarias del abigarrado color y dibujo; idóneo para el camuflaje sobre la hojarasca.

El filamentoso plumón (hipopluma), de color agrisado claro que nace del cañón de la pluma, tiene una función termoaislante en el ave.


la penumbra del atardecer, activa a la becada que permanecía oculta entre la vegetación.


los días de niebla, son ideales para campear, y la becada, los aprovecha difuminándose entre el húmedo meteoro.



Los suelos reblandecidos por la humedad, son ideales para extraer invertebrados de los que se alimenta esta especializada ave. Incluso, las troncas deshechas por la descomposición, también son una gran oportunidad para hallar alimento.

domingo, 14 de febrero de 2010

Topillo común: algunos datos


No es la foto más alegre del topillo, pero, al margen de presentar minuciosamente su aspecto y morfología, la imagen encierra un dato que más adelante detallaré.

El sábado pasado, estuve observando durante poco tiempo, una tabla de alfalfa en su ciclo final productivo. Había unos aspersores en línea a lo largo y ancho del terreno, de una altura de unos 180 cm desde donde avizoraban los alrededores: dos ratoneros y un cernícalo. Un milano real, lo hacía en vuelo. Desde el suelo, campeaban: dos aguiluchos laguneros, una garza real, avefrías, grajillas, torcaces, estorninos, etcétera. Quiero concretar que, las rapaces y la garza, buscaban probablemente la oportunidad de capturar algún topillo osado que se aventurase fuera de su galería por cualquier motivo, ya que toda la superficie, era un entramado general de agujeros.



El topillo común (Pitymys duodecimcostatus), es un mamífero roedor de pequeño tamaño. Su longitud, no excede de los 12 cm si contamos desde la cabeza a la cola; ésta última, mide unos 3 cm. Su peso, es de 15 a 22 gramos.

Lo más interesante de este roedor es su morfología, adaptada por completo a la excavación del suelo, ya que su vida transcurre en el interior de las galerías que él mismo practica. Posee unos incisivos de crecimiento rápido, pues la actividad cavadora, les genera un continuo desgaste que hay que contrarrestar. Su cuerpo es cilíndrico y la cola corta, como sus orejas, que apenas sobresalen; tiene unos pequeños ojillos que casi pasan desapercibidos entre el tupido pelaje, y sus extremidades cortas, son también muy prácticas para desenvolverse cómodamente mientras horada galerías.


El topillo común, prefiere el ambiente mediterráneo, distribuyéndose por casi toda la península. Falta en la región noroeste. Gusta de espacios despejados con terrenos adecuados a su capacidad cavadora. Riberas, zonas de cultivo, prados, herbazales y lugares afines hasta una altitud de unos 1500 metros sobre el nivel del mar, son entre otros, los espacios elegidos por estos micromamíferos.

Su alimentación, se basa fundamentalmente en raíces de plantas que devora desde las galerías, como: tubérculos, bulbos, rizomas etcétera. También por este hábito, resulta sumamente perjudicial para el agricultor cuando devora las de sus cultivos.


El ciclo reproductor del topillo común se extiende a lo largo del año, dando como resultado, de dos a seis camadas. En el interior de cámaras bien tapizadas con hierbecilla y pequeñas raíces, tiene lugar el parto, que suele producir entre una y cinco crías.



Aquí está el resultado de la presión que soportan estas criaturas bajo el peso de un bestial abanico de depredadores. Sería más fácil y rápido, enumerar a sus amigos.

Si os fijáis en esta imagen más visible y precisa, comprobareis que hay una zona bajo el perímetro de la caja torácica, donde el pelaje está más revuelto y humedecido; pues bien, se trata del pinzamiento de un córvido con objeto de partirle el espinazo. Podría tratarse de una corneja o una urraca los causantes de su muerte. Estas aves, no tienen capacidad de transportar a su presa en caso de peligro y la abandonan. Matan a picotazos, y al carecer de pico ganchudo, no pueden desgarrarla fácilmente ni aplastarle el cráneo como haría cualquier rapaz.

No confundir este hallazgo con el de las musarañas, que son abandonadas por su mal sabor.



Vista inferior del cráneo de topillo. Algo desenfocados, los incisivos cavadores, y más detallados, los molares. La zona superior corresponde a seis molares; tres por cada lado, y dos incisivos. Las mismas piezas dentales para las inferiores.


Mandíbula inferior izquierda. Los molares, dan la impresión de ser pequeñas columnas en una misma pieza. Esta dentición, es de especialización vegetariana. El filo del incisivo, da idea de la dolorosa mordedura de este, no tan inofensivo, roedor.


Una vez extraído el incisivo de la mandíbula, comprobamos la exagerada longitud del mismo. La dentina, encierra la cavidad pulpar que permanece abierta, permitiendo el continuo y necesario crecimiento de la dentadura, neutralizando así el constante desgaste. Un arco inferior a modo de vaina, encierra el laboratorio anatómico que guarda la muestra ya endurecida del incisivo disponible.


Cúmulo de tierra con orificio. Observar fijamente la diferencia de color por la humedad de la tierra al ser extraída recientemente por el topillo. Éste, es un indicio clave de la ocupación de la galería. El roedor, está trabajando en tareas de reparación. Los montones sellados, determinan la finalización de la obra, así, evitan inundaciones durante las lluvias.


Vista general de un campo de alfalfa segada con sus visibles montículos.

sábado, 13 de febrero de 2010

La piedra del mochuelo


Mochuelo común (Athene noctua)


Así es la piedra del mochuelo. Desde donde divisa todo su territorio de caza. Desde donde además, toma los primeros rayos de sol de la mañana alimentando su curiosidad y observando a los transeúntes que pasan esporádicamente bajo su pedestal pétreo.

Me gusta la escena críptica de la rapaz con el fondo; su coloración parda, le hace pasar inadvertido en su entorno. Cuando miro la piedra, sé que él está allí, posado. Parece una figura con su peana. Un ornamento en plena naturaleza para disfrutarlo sosegadamente.


miércoles, 3 de febrero de 2010

Un día con la perdicera

ÁGUILA PERDICERA (Aquila fasciata)

Desde lo alto de las ruinas del torreón medieval, una fortaleza del siglo XIV; la hembra de águila perdicera monta la guardia, sin perder de vista, el nido que aloja a sus dos pequeños pollos de blanco plumón.

Es…, la viva imagen del sol resplandeciente sobre cualquier cortadura montaraz. La última, de los privilegiados reductos desprotegidos de nuestra geografía española. Su blanca pechera, le delata cuando decora el caprichoso y policromo frente rocoso donde descansa, esperando entre la basta roca, la hora propicia de emprender la patrulla territorial y la caza.




Recuerdo este día de tanto desasosiego, como muy desenfrenado y activo en esta rapaz, metida de lleno en la cría de sus dos pollos. No los perdía apenas de vista ni un momento, tan sólo, en alguna ocasión, prospectando la zona con la intención de vigilar, ejercitar, y aportar ramas verdes al nido. Al darles calor, tenia leves periodos de dormitación a intervalos de diez y cuarenticinco segundos. Repentinamente, la perdicera comenzó a reclamar con estridencia, al tiempo que abandonaba la plataforma del nido. Parecía buscar, la cooperación del macho ante la presencia inoportuna y desairada de una pareja de águilas reales al invadir su zona de cría. Las águilas reales, trataron de criar a tan sólo 300 metros de distancia. Por causas desconocidas, el intento fracasó.



Quizás el estrés, provocó en el águila perdicera, el ataque inmisericorde a un despistado buitre leonado que, osó cruzarse con ella mientras se dirigía a alimentar seguramente a su pequeño pollo. El sonido seco del aparatoso quiebro que ejerce el buitre al esquivarla, retumbó hasta mi recóndito observatorio, estremeciéndome la intensidad del duelo, cuya necrófaga, era tan sólo, una víctima inoportuna de sus fulgurantes ataques. Paradójicamente, la vuelta al nido de la perdicera fue precisamente delante del halcón peregrino. Aquí, el espectáculo, se multiplicó gracias a la pericia de dos fascinantes voladores: el peregrino, como feroz atacante, capaz de realizar repetidos picados, recuperando altura con la inercia de los descensos. La perdicera, no podía hacer nada más que, esquivarle con suma habilidad.