sábado, 25 de octubre de 2014

Aquella madre de águila calzada.


En el observatorio de El Granero se ve fluir la vida desde una apabullante perspectiva. Es en la casa del pueblo, donde paso horas enteras entregadas a este inmenso placer que sólo los amantes de la naturaleza pueden comprender.
El águila calzada Hieraaetus pennatus es una de las rapaces a la que dedico más atención cuando cría en el hueco del pinar asentado en la amplia repisa montana de un espectacular farallón calizo frente a mi casa. Veo su llegada en primavera, sus agresivos vuelos nupciales en los que el macho parece atacar a la hembra y ésta lo esquiva con quiebros de vértigo. Ambos se entregan manifestando sus facultades voladoras sobre la superficie de su territorio como referente nupcial antes de emprender su ciclo reproductor en el viejo pino carrasco del bosquete de coníferas. Veo también, como salen al encuentro de cualquier rapaz si sobrevuela su territorio. Me gusta verlas emparejadas, destellando sus blancas pecheras en su rama predilecta recibiendo el sol del atardecer. Muchas veces, sigo al macho sobrevolando el pinar de cría y éste llega con refinada exactitud una media hora antes de la puesta del sol para recogerse y pasar la noche. Tras unos pases coronados con discreción llega el momento de picar a gran velocidad, recoge sus alas tomando forma acorazonada y perfora la fronda del pinar desapareciendo hasta el día siguiente.
Esto es lo que suelo ver desde el exterior del bosque. Pero, después de que el búho real acabara con la vida de la hembra de calzada en su propio nido mientras protegía a sus pollos me acerqué al año siguiente para comprobar el estado de cría y, pude así, saber del nuevo emparejamiento como reproductora.
Admiro los instantes cotidianos de los animales por ser la esencia de lo más íntimo de su comportamiento. Así viví el momento más celoso de una hembra de águila calzada protegiendo a su único pollo en el nido sin que ella advirtiera mi presencia.

Pinar del cañón del río Mesa 12 julio 2010

Llego a las 19´15 horas al lugar adecuado por su inadvertibilidad junto a una enorme piedra desprendida del cortado que me sirve como referencia del observatorio. A través de la espesa maraña de finas ramas secas del pinar antepuestas entre el nido y mi persona, puedo ver a duras penas una pequeña mancha blanca moviéndose levemente. Sigo mirando, con dificultad, y logro perfilar con los prismáticos la difusa silueta de la hembra de calzada posada en la plataforma del nido. Pocos minutos después, la progenitora abandona rauda al pollo y emprende un fugaz vuelo cuya silueta pierdo entre  la espesura; pienso que pueda haberme descubierto. Seguidamente, siento sobre mi cabeza protegida por la masa forestal el audible zumbido provocado por los picados de ataque de la calzada sobre un pacífico buitre leonado Gyps fulvus que atraviesa la zona de cría. Son bastante habituales estos ataques. Los veo intermitentemente sobre la intercalada ramificación de los pinos y escucho asombrado el atronador sonido producido por los aletazos del carroñero tratando de evitar las garras del águila en su dorso. Bajo el tejado del bosque se me acelera el corazón sintiendo la emoción vivida desde la primera fila de este escenario natural. Terminada la labor de desalojo, apresurada, entra por el enorme hueco del pinar. Sortea ramas a una velocidad endiablada y la sigo con expectación acercarse dentro  del campo activo de mis prismáticos. Me acurruco entre el tronco y la piedra, muy nervioso, y el águila calzada se posa entre el nido y mi ubicación. La tengo a unos 20 metros. Me he quedado paralizado y respiro pausadamente, espero confiado que la rapaz no me descubra, pues apenas me tapan de su vista unas raquíticas y secas ramas del pino principal. La observo con detenimiento y admiración; descubro su gastado plumaje pardo, sus amarillentas garras con afiladas uñas apretando discontinuamente la rama que la soporta. Mira fijamente al lugar donde tiene ubicado el nido y eso hace que pase desapercibido al mantenerse de espaldas a mí. Hace mucho calor, incluso a la sombra, y la rapaz jadea constantemente. Sus ojos pardo rojizos pasean su mirada perdida alrededor del nido, muy inquieta, como preparada para dar el siguiente salto hacia el presunto enemigo que ose acercarse a su retoño. Esta escena se repite en el espacio de tiempo que le dedico,  unas siete veces más, rotando, con objeto de recorrer los principales puntos de vigilancia establecida para la seguridad del pequeño.

Entonces, cuando la rapaz sale de mi campo de visión, tan sólo es cuestión de levantarme lentamente, dar media vuelta y bajar seguidamente por detrás del roquedo. Así es una porción secreta del día a día en el hermético bosque de carrasco de la más pequeña de nuestras águilas, pero, con mucho carácter.

Juvenil de águila calzada en vuelo coronado sobre el pinar. Como todas las jóvenes rapaces, llenan el espacio con su bella silueta y su incansable reclamo lastimero.











Bosque de pino carrasco Pinus halepensis de repoblación; lugar de cría del águila calzada.


Nido de águila calzada en sus primeros años de construcción.


sábado, 18 de octubre de 2014

Tulipán silvestre (Tulipa sylvestris)


En un momento dulce de nostalgia, como hago ocasionalmente para recrearme y disfrutar de los instantes pasados que, no son menos importantes que los presentes aunque sólo sea por el valor de los entrañables recuerdos vividos, descubrí esta bella flor que en su día no buscaba y, cuando quise dar con ella buscándola exhaustivamente, no encontré. Hubiese querido hallar mas ejemplares de tulipán silvestre con la flor completamente abierta pero, no pudo ser. Entonces, para no dejarlo  abandonado en el archivo fotográfico le he dado la oportunidad en esta entrada para que luzca como lo hizo aquel dia de abril cuando lo inmortalicé sobre el páramo del río Mesa en Calmarza.
Allí estaba, semioculto, como temeroso de que alguien lo arrancara, asomándose poco a poco para descubrir un terreno tan seguro como soleado.


El tulipán silvestre Tulipa sylvestris subsp. Australis  (Link) Pamp. (1914) es hierba perenne de geófito bulboso; pertenece a la familia de las liliáceas y florece de Marzo a Junio. Posee tépalos externos discoloros, tallo de hasta 2 mm de diámetro a la altura de la hoja superior y con todas las hojas basales. Se distribuye ampliamente por casi toda la Península.
Habita en pastizales y prados secos, en claros de matorral, claros de bosques y máquias, entre el matorral almohadillado, canchales, pedregales y grietas de roca. Indiferente al substrato, parece tener preferencia por los básicos. Se desarrolla sobre suelos secos, pedregosos, en exposiciones soleadas hasta una altitud de unos 2350 metros. Presente sobre calizas y margas en umbrías y suelos que nunca hayan sufrido roturaciones o alteraciones graves. Indicador de puntos en un extraordinario estado de conservación.  
Distribución: Pluriregional (Mediterránea, Euro·siberiana y Póntica). Aparece dispersa por el S de Europa, W de Asia y el N de África; naturalizada en el N de Europa y América del N. 
Ocupa casi toda la Península Ibérica excepto el cuadrante NW.

Mas información:





lunes, 13 de octubre de 2014

El desparpajo de un joven zorro


Ayer tocaba ofrenda de flores a la Virgen del Pilar y aproveché para salir de la ciudad y dedicar ese tiempo que, otros utilizan para el cometido mencionado, a dar un paseo y observar aves. Me costó salir de la furgoneta y, esa pereza precisamente, fue la que me dio la sorpresa que podéis comprobar en las fotos.
No voy a describir al zorro, sobradamente conocido que, quien más, quien menos, habrá visto alguna vez en su vida de la manera más sorprendente e inesperada. El zorro Vulpes vulpes es un cánido muy versátil y, sobre todo muy oportunista, acopiando las ventajas que le unen al medio antropógeno donde aprovecha, de buena gana, los alimentos desechados por los humanos.



Los zorros, al margen de su comportamiento específico, poseen indistintamente su propio carácter y, esa psicología individual, los hace diferenciarse en acciones puntuales de otros ejemplares, haciendo que nos sorprendamos con comportamientos extraños dada su arriesgada forma de actuar, precisamente, como la que demuestran las fotos de este ejemplar juvenil acercándose peligrosamente a un humano encerrado en su vehículo. Una de las razones de este descarado acercamiento curioso del zorro podría deberse a las muestras perrunas en el coche durante mi estancia en el pueblo, ya que las ruedas del vehículo son marcadas con la orina de los cánidos domésticos.



Este zorro por fortuna, está en un lugar protegido donde goza de cierta seguridad. Por esta zona situada en la ribera del río Ebro a unos siete kilómetros de Zaragoza, se beneficia de la ventaja de una alimentación variada. Su territorio de caza son amplias tablas de cultivo de alfalfa y otras variedades de regadío donde la presencia de topillos es abundante.  Al amanecer se les puede ver excavando sus madrigueras para capturarlos al igual que a otros micromamíferos por los ribazos y zonas apropiadas. Tiene además, la oportunidad de alimentarse de los restos de ovejas muertas abandonadas o de los despojos de alimento dejados en los contenedores circundantes del lugar. Las moras, escaramujos o bayas de majuelo entre otros vegetales, complementan también la dieta del raposo.
 


Las imágenes explican mejor que yo el desparpajo de maese raposo frente a mi. No he visto tanto descaro en un zorro. Tan sólo el sonido mecánico de la ventanilla al bajarla parecía alertarlo e inquietarlo.

Esta mañana he querido verlo de nuevo y, de hecho, lo he visto pero, llovía, y el cánido llegando por un lado del camino, empapado, ha cruzado delante del vehículo tomando dirección, seguramente, al abrigo de su hogar.
Estos encuentros me llenan el alma…


sábado, 11 de octubre de 2014

LÚPULO (Humulus lupulus)

Se recolectan los amentos o conos poniéndolos  a secar a no mas de 50º. De los conos secos se aíslan las pequeñas glándulas amarillas que los cubren, cribándolos. Estas contienen lupulino, un polvo de olor aromático y de sabor amargo.


El lúpulo Humulus lupulus de la familia de las cannabáceas se distribuye por casi toda Europa, Asia del Norte y Norteamérica.
En Calmarza, mi pueblo, es abundante y crece entre la maleza por la ribera del río Mesa y su huerta, sorteando verjas, trepando árboles y expandiéndose sobre todo espacio altivo que le proporcione ese trampolín para atrapar los rayos del sol tan peleados en el cerrado sotobosque. Aunque es trepadora no posee zarcillos ni ningún otro apéndice para tal propósito. Esta planta voluble se aferra al soporte mediante rígidos tricomas; unos minúsculos garfios distribuidos a lo largo del tallo de los 200 o 600 cm de altura alcanzables por dicha planta. El lúpulo es una planta vivaz, parecida a la vid, cuyo tallo trepador se encorva siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Los brotes jóvenes pueden comerse en ensalada. Las plantas masculinas tienen flores con anteras dispuestas en ramilletes, mientras que las flores de las femeninas están provistas de pistilo y dispuestas en cortos racimos que se transforman en conos.
En la base de sus bractéolas hay unas glándulas que contienen lupulino, que es el ingrediente que aportará a la cerveza su sabor amargo y los aromas propios. Se recolecta de Julio a Septiembre. En medicina se utiliza como: diurético, hipnótico, sedante, analgésico, astringente, digestivo, tónico amargo, antiséptico.
En esta época cuando los conos de algunas plantas alternan su vistoso verde con el de la maduración de los mismos, tornando al ocre, se puede disfrutar de su intensidad de formas, pensando paralelamente en la cerveza que aguarda fresca en casa para recordar, precisamente, estos momentos en compañía de tan especial e importante vegetal.  


Conos ocráceos en su fase terminal de una planta de lúpulo enredada en un joven nogal.