miércoles, 24 de agosto de 2016

Golondrinas en una ventana soleada


Desde el cable cercano al soporte incrustado en la fachada de la casa del pueblo, canturreaba el macho de golondrina todas las mañanas. Mi vieja cama, heredada con mucha estima, ni siquiera estaba pintada por no borrar la huella de mis antepasados que en ella se apoyaron. Muy pegada a la ventana abierta, con la persiana desenrollada, conectábamos el pájaro y yo a través del hueco de sus lamas de madera. Daba igual si no quería madrugar, el charloteo de la golondrina a primeras horas, alboreando, me llevaba a la ventana. Allí la veía tan radiante, arrancándome una sonrisa atento a su voz delicada y musical. -No puedo dormir más pero, escuchándote, me alegras el alma-. No creo que estés cantando sólo para marcar tu territorio, pienso que lo haces para alentar a toda la comunidad de seres vivos a disfrutar de un nuevo día de sol y momentos por vivir. El comportamiento mecánico que los científicos os achacan, es sólo para gente cuadriculada. Las golondrinas tenéis el don de acelerar el corazón de las personas que lo tienen. Estos días, os echo mucho de menos en la calle. Los cables de mi ventana están vacíos y, las mañanas desde entonces, son más largas. Tampoco el colirrojo tizón, más madrugador que el gallo, se puede escuchar; las obras en las casas los han dejado sin posibilidades para anidar.



Pero bueno, en esta ocasión he combatido la nostalgia acercándome a otra ventana para revivir de nuevo aquellos días. Una ventana con sus jambas y alfeizar todavía azulados de cal. Azul de blanquear la ropa y aplicado con la brocha de encalar y su alargadera de caña. El paso del tiempo, ha desgastado el azulete y afloran las hebras donde el color tenía más densidad, quedando claroscuros al desprenderse las capas.
Es una familia bulliciosa de golondrinas que ha anidado dentro del habitáculo. Atravesando el hueco de la ventana de cristales quebrados entran y salen estruendosas, acaparando mi atención; alegrándome el día. A estas horas de la mañana el sol es suave y, muy importante para las aves, como para la vida de la mayoría de los seres vivos terrestres. Entre sus mayores beneficios está la síntesis de la vitamina D en la piel, indispensable para el metabolismo del calcio.
La vitamina D tiene un rol muy importante en la puesta de huevos, la calcificación del ave y la supervivencia de los embriones. Es indispensable para el correcto metabolismo del calcio.
La glándula uropigial (la glándula sebácea se encuentra en la base de la cola en la parte posterior y superior de muchas especies de aves) produce precursores de vitamina D, que extienden sobre las plumas con el pico durante el acicalamiento normal. Cuando el ave se expone a la luz ultravioleta (la porción UVB), los precursores se convierten en la vitamina D3 activa, que luego se ingiere cuando el ave se acicala de nuevo. 

Macho y joven de golondrina soleándose placenteramente.


El placer de una buena sesión solar en las golondrinas se aprecia indudablemente por las posturas atípicas mostradas en las imágenes, rara vez visto con facilidad en las aves pero, efectuado por todas y de un modo muy similar en instantes muy concretos de relax. 
Satisfecho de nuevo, con la oportunidad de atesorar otra imagen inexistente en mi memoria, me voy entusiasmado al poder contar con el documento mostrado en esta entrada. 






lunes, 22 de agosto de 2016

Jóvenes aguiluchos laguneros del año


Ya los estuve viendo sobrevolar el carrizo donde nacieron pero, sin posibilidad de ver la plataforma del nido cubierta por la densa marea de cañas. Eran vuelos cortos los que realizaban, a causa del incipiente plumaje todavía incompleto. La zona está protegida por su singular biotopo palustre originada por un meandro del río Ebro, correspondiente al tramo del cauce abandonado tras una crecida del río hace muchos años. Estos restos del Ebro se conocen como “galachos” en Aragón, y tienen un alto valor ecológico por la valiosa fauna que atesoran.
Tenía más o menos previsto un itinerario corto con el nombre en mente de varias especies de las que observar sus jóvenes voladores en progreso. Así pues, mientras preparaba el material óptico, el lugar se animó.



Hasta que no apareció un joven aguilucho lagunero Circus aeruginosus decidido a posarse en la orilla del río, una orilla rebosante de hierba fresca, no reparé en el animal muerto que visitó. No parecía la primera prospección y, si no hubiera sido por la insistencia de intentar sacarlo del agua, no hubiera adivinado que se trataba de una garza real Ardea cinerea; sobre todo, cuando accidentalmente, levantó una de sus alas. Obviamente, no logró su propósito y se fue alimentando con lo más accesible, aún posándose sobre el cadáver flotante, la masa muscular quedaba bajo el nivel acuático.



Interesado por la secuencia, apareció seguidamente otro ejemplar con el que compartió el cadáver sin mediar pelea alguna. Incluso más tarde, acudió un tercero colocándose en un lugar ligeramente elevado donde esperó pacientemente, observando hasta la llegada de su turno.
Que más decir, sólo que, con la historia de estos hermanos (probablemente), ya no me moví del lugar, me dediqué a disfrutar de su primer año de vida para corroborar el intenso aprendizaje del que eran protagonistas con muy buena nota.
Me gusta, cuando hay oportunidad, dedicar el tiempo necesario para ver el final de cada acontecimiento cotidiano protagonizado por la especie observada, disfrutando del desenlace para conocerla mejor en sus diferentes pautas.

La lejanía bajó la calidad de las fotos pero, no del seguimiento. Sin recelar las rapaces de mí por la distancia, el espectáculo de sus disputas con vuelos bien mantenidos me dejaron muy satisfecho.












sábado, 6 de agosto de 2016

El ciclista, los milanos negros y el joven búho real


Hoy he visto a dos pollos de búho real, a lo lejos, reposando curiosos, totalmente emplumados a la sombra y luciendo sus hermosos penachos cefálicos. Uno de ellos es, precisamente, el de esta historia. 
Sin embargo, de este pequeño apunte que cuento seguidamente, han pasado ya algunas semanas.
 

Miraba un ejemplar de búho real Bubo bubo en la rinconada de un talud. Una gran hembra que reposaba, al parecer, bastante tranquila según podía comprobar desde una posición algo alejada a vista de prismáticos. Lo más curioso de todo, precisamente por la tranquilidad de la rapaz nocturna, es que estaba rodeada de más de sesenta milanos negros Milvus migrans reposando en las ramas altas de los  árboles circundantes; algunos, bastante cercanos a ella. 
Expectante por un desenlace inminente, aguardaba la reacción final de la hembra de búho real ante tanto milano avizor. Quería ver con mayor precisión el semblante facial de la rapaz nocturna y comprobar su estado anímico ante semejante amenaza. 
A lo lejos, vi acercarse a un ciclista por el camino adyacente, rodando tranquilo y sin prisa. Me fijé en él esperando su paso para proseguir la observación. Pero, su velocidad fue menguando hasta que se detuvo. Tumbó la bicicleta y seguidamente, se acercó hasta el borde mismo de la terrera atraído por la presencia de tantas rapaces juntas, volando y posadas. Los milanos aprovecharon, armando un revuelo espectacular que sorprendía al atónito ciclista para alejarse del lugar y, la hembra de búho real, con sigilo, desapareció. Se fastidió toda la curiosidad de presenciar un acontecimiento que minaba mi curiosidad, todo ello, por lo mismo que alertó al ciclista no menos curioso que yo. No tengo nada que reprochar la acción del hombre. Como cualquier persona, fue capaz de asombrarse ante un acontecimiento tan espectacular de milanos soleándose y emprendiendo el vuelo simultáneamente, tan cercanos y tan abundantes.
 

Pero no todo acabó allí, el ciclista se fue, se fue impactado, lo aprecié en su cara. Cuando quise darme cuenta, percibí como un grupo de los mencionados milanos negros revoloteaban agitados en un punto concreto. Sospeché de la hembra de búho real, sin embargo, se trataba de un pollo que recibió un aluvión de pasadas quedando algo aturdido. La joven rapaz, salió ahuyentada por la presencia del ciclista, los milanos, al tratarse de un joven, se cebaron con él. Tampoco hay nada que reprochar al hombre, el joven búho tiene todavía un largo camino por aprender y, los malos tragos, tendrá que asumirlos cuanto antes; esto curtirá su carácter poco a poco.
No pude evitar acercarme para que no desmontaran al pobre pollo. Me senté cerca de él y, ni aún así, el pollo abandonó el lugar. Por lo menos, los milanos cesaron su violencia.

El milano más audaz, a pesar de mi presencia, no se fue sin darle la última pasada como se ve en la imagen.